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La producción de inseguridad en la sociedad global

Jaume Curbet - Editor Magazín Seguridad Sostenible

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Nunca nos había preocupado tanto la seguridad. Pero no entendemos la inseguridad. Y cuanto menos la comprendemos, la inseguridad, con mayor ansia perseguimos una seguridad ilusoria.

Hay un chiste que describe bastante bien esta peculiar forma de proceder tan extendida entre nosotros. Dice que un hombre regresaba caminando a casa, de noche, cuando, en una calle poco iluminada, vio a una persona que estaba agachada, debajo una de las escasas farolas, buscando algo. Se le acercó y le preguntó qué se le había perdido. Las llaves -respondió el otro. ¿Quiere que le ayude a buscarlas? Sí, muchas gracias. Y, agachándose, el hombre que regresaba a casa se añadió a la búsqueda. Al rato, extrañado de que no aparecieran las llaves, volvió a preguntarle: ¿está seguro que se le han caído aquí? Y el otro le respondió: ah no, si me han caído allí -mientras señalaba hacia una zona oscura de la calle. Pero oiga -exclamó el sorprendido ayudante-, si le han caído allí, ¿por qué las está buscando aquí? Y el hombre, aún agachado, le respondió: pues, porque allí no se ve nada!

Ésta es una primera gran dificultad que nos limita enormemente la capacidad de enfrentarse eficazmente a la inseguridad propia de la sociedad global. Porque persistimos en buscar la solución lejos de donde se halla el problema. Es decir, buscamos seguridad al margen de los procesos económicos y políticos, así como psicológicos, que generan inseguridad.

La paz no puede venir, de fuera, a sobreponerse al conflicto. Aunque sea disponiendo de los medios más abrumadores. En el mejor de los casos, esta paz impuesta, producirá una tregua; pero, más temprano que tarde, la dinámica inalterada de los conflictos -ya sean internacionales o bien domésticos-, exacerbada por el deseo de venganza de los humillados, prosigue imparable.

Lo mismo ocurre con los riesgos. Se generan con una gran dosis de irreflexión y, consiguientemente, de irresponsabilidad personal y social. En realidad, cada avance científico y tecnológico contiene un riesgo inherente; el cual, una vez liberado, sigue una trayectoria propia: crece, genera sinergias perversas con otros riesgos y se transforma constantemente a fin de eludir las sucesivas medidas de seguridad con que se pretende gestionarlo.

No es extraño, pues, que las estrategias tradicionales de seguridad, surgidas de una incomprensión de los riesgos y los conflictos que las motivan, terminen formando parte del problema en lugar de la solución.

Una realidad conflictiva y trágica

Eugenio Trías describe, con una simplicidad magistral, la complejidad del mundo contemporáneo como la intersección potencialmente conflictiva y trágica de tres niveles.

Un primer nivel, o plano máximamente universal, en el que la realidad contemporánea se muestra como un ‘casino global’ (casino, por la ausencia de controles cívicos sobre su funcionamiento) en el que todos los acontecimientos que lo constituyen se hallan en radical interacción, de manera que cualquier suceso en cualquier lugar acaba repercutiendo en cualquier otro; siendo especialmente la razón técnico-científica, debidamente sacralizada, bien religada con el complejo financiero, empresarial (de carácter multinacional) y político, la que se constituye en su motor.

Este nivel global genera un desarraigo generalizado que altera el plano de lo particular (segundo nivel); el cual, consiguientemente, reacciona ante este proceso con la creación de núcleos duros de particularismo excluyente.

Un segundo nivel, pues, o plano de lo particular, en el que este acoso del ‘casino global’ da lugar a una afirmación de la propia identidad en forma excluyente, de forma que se perturba la relación de alteridad con otras comunidades, las cuales son percibidas como “chivos expiatorios”. Este ’santuario local’ encuentra su forma ideológica a través de los integrismos religiosos, presentes en todas las religiones, y en un gran número de formas nacionalistas radicales.

Y un tercer nivel, o plano de lo personal y subjetivo, en el que la doble acometida del ‘casino global’ y del ’santuario local’ da lugar a un ‘individualismo de la desesperación’. Este ‘individualismo desesperado’ constituye el salvoconducto de un individualismo neoliberal que asume la despiadada “lucha por la vida”, bien engrasada por la dinámica de un capitalismo internacional que genera graves desequilibrios, desigualdades e injusticias.

Estos tres niveles, siendo como son planos de una realidad única y por ello peculiarmente compleja, están religados -como se ha visto- por una cadena de flujos: del ‘casino global’ al ’santuario local’ y, de éstos, al ‘individualismo desesperado’. Pero también por otra de reflujos en la que la exasperación de ‘la voluntad de poder’ genera y amplifica ‘riesgos’ y ‘conflictos’ y éstos, en sus manifestaciones extremas, degeneran en ‘desastres’ y ‘violencias’ respectivamente.

Es justamente, en esta intersección, conflictiva y arriesgada, de los tres planos que configuran el mundo actual, donde se generan los grandes problemas de inseguridad que constituyen, en su conjunto, el reto primordial de una imprescindible gobernanza global. Y es, por tanto, de una comprensión adecuada de las causas y los procesos que dan lugar a los riesgos y los conflictos que, eventualmente, podremos extraer opciones humanas más seguras y sostenibles.

Siendo como es ésta una tarea colosal, no parece razonable, pues, retrasar el primer paso.

El crimen organizado global

En el primer nivel, o plano máximamente universal, asistimos perplejos a la expansión metastásica de la economía criminal. Impulsada por la desregulación y la globalización financiera, la diferenciación entre actividad económica legal y criminal, dinero limpio y dinero sucio, resulta cada vez más difícil.

En tan sólo dos décadas, las finanzas especulativas han impuesto su lógica por encima de cualquier otra consideración política, económica o social: necesitan siempre más dinero y menos controles. Sometidos al dictado de la especulación financiera, los mercados se nutren de la totalidad del dinero que se halla en circulación, sin que importe ni su origen ni su propietario.

Se entiende, pues, que la lucha contra el Crimen Organizado Global y el dinero sucio obtenga unos resultados tan lamentables. Y es que una represión eficaz supondría cuestionar los principios mismos que rigen la globalización financiera en tanto que sistema autoregulado al margen de cualquier tipo de control cívico.

La dificultad consiste en saber qué parte de las actividades regulares ha sido infectada por esta importante corrupción del sistema financiero. Hay que tener presente la cantidad enorme de dinero en juego en los circuitos de blanqueo y su efecto acumulativo. Asimismo, deben recordarse los desajustes crecientes de los equilibrios financieros mundiales, que solamente se explican, en buena medida, por el efecto perturbador de los bienes financieros que no respetan las reglas del juego financiero normal: las crisis inmobiliarias, las especulaciones en el mercado de las obras de arte e, incluso, las burbujas bursátiles, resultan más que simplemente sospechosas de estar relacionadas con el dinero sucio.

¿No es extraño que cuanto más importantes sean las sumas que hay que camuflar, más fácil resulte su blanqueo? Lo cierto es que los circuitos financieros internacionales garantizan una seguridad absoluta en las grandes operaciones de blanqueo. Algunas técnicas resultan imposibles de detectar y conducen a esta paradoja aberrante de la globalización criminal: cuanto más importante es el crimen, menos visible resulta.

La criminalidad económica y financiera es el resultado natural de una modalidad específica de capitalismo, así como lo es la corrupción política o bien los paraísos fiscales. El despliegue mundial de este capitalismo ha supuesto prácticamente la desaparición del papel del Estado, y de cualquier otra forma de control cívico, en la administración de la economía y, así, se ha roto el círculo virtuoso del crecimiento y la integración social.

Las políticas neoliberales de los años ochenta y noventa aceleraron el proceso de globalización financiera y, asimismo, el incremento del paro, el agotamiento de los recursos y el aumento incesante de las diferencias de rentas; lo cual propició el entorno idóneo para la extensión del crimen y la creación de redes de corrupción, mercados negros, traficantes de armas y drogas, etcétera.

El Crimen Organizado Global se acomoda perfectamente a la parcelación del poder existente en el mundo liberal. En este contexto, la impotencia de los poderes públicos, aislados, ante la criminalidad organizada resulta cada vez más escandalosa. En su expresión más cruda, el Crimen Organizado Global, aparece como la manifestación típica y muy moderna de una nueva criminalidad a escala mundial: la de los poderosos.

No es difícil pronosticar que el creciente poder de estas organizaciones postestatales terminará desafiando -si es que no lo está haciendo ya- al Estado convencional mediante el establecimiento de diversos vínculos mercenarios transnacionales y defenderán, cada vez más, ambiciones regionales e incluso mundiales.

La expansión desbordante del Crimen Organizado Global cuestiona los dispositivos tradicionales de control de la criminalidad; ya que los delitos perpetrados “en las alturas”, además de estar mal tipificados, resultan terriblemente difíciles de detectar para las estrategias convencionales de investigación y, para terminar de agravarlo, la vigilancia pública en este ámbito de actuación criminal es, en el mejor de los casos, errática y esporádica, y en el peor simplemente inexistente.

En última instancia, el éxito del Crimen Organizado Global no puede entenderse fuera del contexto de una sociedad que ha elevado la lógica de la competitividad y de la maximización del beneficio particular al grado de imperativo natural. Los valores que sustentan el Crimen Organizado Global suponen la realización del auténtico sueño de los capitalistas: crecimiento económico al servicio del interés particular, sin el lastre de la solidaridad ni el control del Estado. Puede decirse, parafraseando la célebre fórmula de Clausewitz, que la criminalidad organizada viene a ser, en la era de la globalización económica, la continuación del comercio por otros medios.

Este lucrativo capitalismo gansteril, como lo denomina Sontag, podría terminar convirtiéndose en un fenómeno auténticamente explosivo, en un peligro para el sistema legal de mercado. De manera que, tal y como advierte Todd, si las sociedades nacionales no consiguen asegurar el mantenimiento de las protecciones sociales, la estabilidad de las infraestructuras materiales y de los sistemas educativos, podemos prepararnos para vivir fenómenos de regresión masiva: conflictos de clase violentos, o el retorno puro y simple a ciertas formas de barbarie. Hasta tal punto que la extensión vertiginosa del Crimen Organizado Global, junto con las nuevas formas del terrorismo internacional y de la inseguridad ciudadana, vendrían a ser sólo una siniestra primicia.

La guerra imperial contra el terrorismo

Este mundo global -que ha sido parasitado con tanta eficacia por el Crimen Organizado-, genera -como decíamos al principio- un desarraigo generalizado que altera el plano de lo particular y da lugar a una afirmación de la propia identidad en forma excluyente. Es en este segundo nivel donde se hallan las raíces que alimentan el fenómeno contemporáneo del terrorismo.

No es extraño que los expertos y los organismos internacionales no se pongan de acuerdo a la hora de definir el término terrorismo. Son hechos demasiado diversos y de una gran complejidad los que se pretende incluir en este concepto. Lo cual no impide -particularmente en los últimos tiempos- que se haga un uso abusivo, alejado de cualquier pretensión explicativa y con una única finalidad: estigmatizar los enemigos irreductibles del nuevo orden global.

Sabemos que, el terrorismo, busca una reacción estatal desmesuradamente coactiva, basada en una lógica militar, que traicione los principios y los procedimientos propios del orden democrático. Una reacción como ésta, lejos de apagar las causas del incendio social, lo aviva -aumentando la inseguridad, el desorden y polarizando el conflicto- y con ello, contribuye decisivamente a la cronificación y a la extensión del problema que, se supone, pretendía resolver.

La lucha contra el terrorismo cae reiteradamente en la ‘falacia normativa’ de quienes piensan que imponer una prohibición significa anular el problema. Cuando la realidad es la contraria: frecuentemente, la prohibición, agrava el problema. Asimismo, resulta dudoso que la estrategia de “ser duros con los terroristas” tenga un gran efecto sobre los miembros más implicados. Así que la amenaza de un aumento adicional de las penas por sus acciones tiene un escaso efecto disuasivo, si es que tiene alguno.

En nuestra sociedad existe, sin embargo, un rechazo generalizado a cualquier planteamiento del problema de la violencia política en términos de choque de valores contrapuestos en el seno de una sociedad multicultural -lo cual, por cierto, sólo sería posible desde la comprensión de las razones del otro-. Bien al contrario, reducimos dogmáticamente el debate a una cuestión puramente criminal y, al simplificarla tanto, la vaciamos de toda utilidad interpretativa. Ello supone una sacralización de la democracia, entendida como solución y salvación en ella y por ella misma, en detrimento de su condición de medio idóneo para la resolución de conflictos políticos. Y, nos impide reconocer, como sí lo hizo Russell, que el Estado que tiene estructuras de base rechazadas de manera obstinada y apasionada por una parte de la sociedad, sufre un déficit sustancial de legitimidad.

En realidad, la violencia terrorista, en sus formas diversas, constituye una de las manifestaciones extremas, con la guerra, del conflicto por el poder político. Toda política es una lucha por el poder y el poder es, en esencia, violencia. Así, en el terrorismo, confluyen política y violencia con la perspectiva de conseguir poder: poder para dominar y obligar, para intimidar y controlar y, finalmente, para forzar el cambio político. Con este propósito, los terroristas planean sus operaciones para conmover, impresionar e intimidar, asegurándose que sus actos sean lo suficientemente arriesgados y violentos como para captar la atención de los medios de comunicación y, a través de éstos, del público y del gobierno. Frecuentemente, el terrorismo que consideramos como indiscriminado y sin sentido no lo es, sino que es una aplicación muy deliberada y pensada de la violencia.

Quizás hoy más que nunca, gobernar equivalga a administrar el miedo de los demás. Esto explica la perversión por la cual resulta que el interés objetivo del guardián sea que el temor se mantenga e incluso aumente -como bien sabemos, las policías secretas están especializadas en crear los peligros que se ofrecen a resolver-. Sin embargo, la manipulación interesada del temor ajeno no podría ser patrimonio exclusivo de nadie. Estatal por nacimiento y vocación, la instrumentalización política del terror se produce, obviamente, también en los ámbitos paraestatal y extraestatal. No obstante, tal y como advierte Escohotado, lo que hoy denominamos “terrorismo” sólo incluye actos contrarios a la seguridad de algún Estado, y de aquí nacen ciertos equívocos de no poca trascendencia.

Con todo, uno de los aspectos más inquietantes del terrorismo contemporáneo radica en su dimensión transnacional y en el vínculo, de una parte significativa de su actividad, con el Crimen Organizado Global, especialmente con el tráfico de armas y el narcotráfico. No es un hecho nuevo: los gobiernos patrocinadores del terrorismo internacional, y servicios secretos implicados en acciones subversivas fuera de sus fronteras, financian buena parte de estas actividades mediante los beneficios del narcotráfico. Por otra parte, la estructura actual del mercado negro internacional de armas tiende a impedir transacciones que no descansen sobre las mismas infraestructuras logísticas y financieras utilizadas por el comercio ilegal de drogas y otras formas de grave criminalidad organizada.

De esta manera, resulta imposible considerar el terrorismo como un fenómeno exógeno al sistema económico y político. Bien al contrario, surge y crece en medio de los conflictos políticos, acompañado directa o indirectamente por el Estado, a través de sus servicios secretos, y participa activamente en la nueva economía mundial, a través de un sector tan relevante para el equilibrio financiero global como el representado por el conjunto articulado de traficantes de casi todo: armas, drogas, personas, residuos radioactivos, etcétera.

En todo caso, el terrorismo constituye uno de los fenómenos políticos más fluidos y dinámicos, que evoluciona constantemente hacia formas nuevas y cada vez más peligrosas con la intención de evitar las medidas de seguridad existentes en cada momento. A pesar de esta fluidez, algunos de nuestros conceptos básicos sobre este fenómeno se derrumban cuando introducimos en el estudio del terrorismo internacional los nuevos datos sobre el crecimiento del terrorismo religioso y la extraordinaria multiplicación de su potencial de violencia y destrucción.

Más que como elementos de una estrategia política global, las acciones del nuevo terrorismo religioso aparecen como declaraciones simbólicas, la finalidad de las cuales es otorgar un cierto poder a comunidades desesperadas. Su mensaje ha resultado fácil de creer y ampliamente aceptado por como han sido de aparentes los fracasos del Estado laico. Tanto la violencia como la religión han surgido en tiempos en los que la autoridad está cuestionada, ya que ambas son formas de desafiar y substituir a la autoridad. La primera, consigue su poder de la fuerza y, la segunda, de sus pretensiones de orden definitivo. La combinación de ambas en actos de terrorismo religioso ha supuesto, ciertamente, una poderosa afirmación. Los rebeldes religiosos postmodernos no son, por tanto, ni anomalías ni anacronismos y, por todo ello, la estrategia imperial de guerra-contra-el-terrorismo puede ser muy peligrosa, ya que parece seguir el guión escrito por los terroristas religiosos: la imagen de un mundo en guerra entre las fuerzas laicas y religiosas.

El fenómeno social de la inseguridad ciudadana

Y es, en el tercer nivel -es decir en el plano personal y subjetivo, donde la doble acometida del ‘casino global’ y del ’santuario local’, da lugar a un ‘individualismo de la desesperación’- en el que se producen los procesos económicos y políticos generadores de la inseguridad ciudadana.

Crece, ciertamente, el número absoluto de actos delictivos, pero no todos por igual, ni constantemente, ni en todas partes; nisiquiera está claro que la delincuencia aumente por encima del crecimiento económico y de población o de la movilidad local y transnacional. De lo que no cabe duda, sin embargo, es de la creciente inseguridad que se genera a propósito del proclamado aumento alarmante de la delincuencia.

En el núcleo de este fenómeno colectivo de inseguridad se halla el poderoso proceso psicológico del miedo. Y en el núcleo del miedo tememos, sobre todo, morir y, en particular, morir asesinado. No tenemos porque avergonzarnos del miedo. Se trata de un recurso instintivo que nos avisa de los peligros y amenazas y nos permite, asimismo, eludirlos. Pero tampoco debemos olvidar que se trata de un mecanismo innato que no requiere ser potenciado; a menos que se quiera transformar el miedo natural en inseguridad neurótica.

Así es en el caso de la inseguridad ciudadana. Perdida la carta de navegación que nos procuraba el miedo natural, entramos de lleno en una paradoja inquietante: importa más sentirnos seguros que estar realmente seguros. Por ello, una buena parte de la población de las sociedades occidentales teme ser víctima de aquellas agresiones a las que resulta menos vulnerable y, complementariamente, busca a los posibles agresores en la dirección equivocada. Este peligroso desenfoque explica algunos despropósitos trágicos; como, por ejemplo, que la mayor parte de los asesinatos son cometidos por personas que mantenían vínculos familiares o bien de proximidad con la víctima.

En otras palabras: la inseguridad ciudadana, lejos de aumentar las propiedades auto protectoras del miedo, nos hace más vulnerables. La pregunta es, por tanto, ineludible: ¿a quién beneficia la conversión del miedo al delito en la pandemia de la inseguridad ciudadana? Hay una respuesta fácil: la industria y el comercio de la seguridad. La expansión de este nuevo sector económico presenta, en las dos últimas décadas, unas magnitudes tan elevadas que no sería posible sustraerlo a la condición de principal sospechoso.

Así lo anticipó, visionariamente, Charles Chaplin en una de sus películas; en la que un Charlot hambriento se las ingenia con un chico de la calle -con no menos hambre que él mismo- y ambos inauguran lo que sería, a finales del siglo XX, uno de los negocios más prósperos: el chico se dedica a romper cristales a pedradas y, a continuación, aparece un Charlot, proverbialmente convertido en cristalero ambulante, ofreciendo sus servicios de reparación.

Ahora bien, siguiendo con la técnica de buscar el criminal identificando los beneficiarios del crimen, también deberemos añadir, a la lista de sospechosos de promover la expansión de la inseguridad ciudadana, a los acaparadores de poder político.

En el ejercicio del poder, resulta difícil prescindir de la manipulación del miedo. Es demasiado tentador. Por miedo, los súbditos o los electores nos vendemos fácilmente la responsabilidad propia por una promesa de seguridad. En un clima social de inseguridad ciudadana resulta complicado cuestionar el orden establecido, dudar de las medidas coercitivas, apuntar a las causas de la delincuencia, denunciar la corrupción política; pero, también, perseguir eficazmente la criminalidad de los poderosos, promover la solidaridad con los inmigrantes o bien articular alternativas a la globalización económica.

El rendimiento económico y político, que procura la inseguridad ciudadana, se corresponde -con una cierta simetría- con la incapacidad manifiesta de las políticas públicas de seguridad. Centradas como están -estas estrategias esencialmente reactivas- más en el mantenimiento del orden que en la reducción de la inseguridad, se ven fatalmente precipitadas hacia el castigo y la venganza en detrimento de la prevención, la mediación y la reparación de la solidaridad quebrada.

Así, las políticas que se dicen de seguridad, lo apuestan casi todo a la capacidad represiva de las leyes penales, de los organismos policiales, de los órganos de la justicia y de las instituciones penitenciarias; en la confianza de que, este vasto dispositivo de coerción, mantendrá la inseguridad ciudadana dentro de unos márgenes que no comprometan la estabilidad del poder.

La eficacia de este engaño colosal -que consiste en vender orden enmascarado de seguridad a unos ciudadanos cada vez más atemorizados- se ve cuestionado por la saturación del sistema público de seguridad: las leyes envejecen antes de ser aplicadas, la policía ni puede ni sabe atender las crecientes demandas ciudadanas, los tribunales se ven desbordados, las cárceles rebufan.

Y aquí salta la sorpresa: el tabú del monopolio estatal de la violencia ha resultado ser una fanfarronada; por lo menos cuando se trata de proteger efectivamente la vida, los derechos y las libertades de los ciudadanos. Si el Estado no puede, porque tiene otras cosas que hacer, pues que lo hagan los propios ciudadanos; quienes se lo puedan pagar, por supuesto. Así, este ámbito, abandonado por la precipitada retirada estatal, ha sido colonizado, sin mayores dificultades, por la extraordinaria expansión de la industria y el comercio de la seguridad.

En este nuevo escenario social, crecientemente desamparado de la protección pública, desprovisto de mecanismos adecuados de mediación y solidaridad, la expresión de los conflictos interpersonales y de grupo se generaliza -en las calles de las ciudades, tanto como en el seno de las familias- mediante las más diversas modalidades de violencia.

Por una gobernanza de los riesgos y los conflictos

Decía, al principio, que las estrategias tradicionales de seguridad, surgidas de la incomprensión de los riesgos y los conflictos que las motivan, terminan por formar parte del problema en lugar de la solución. Ahora -después de haber examinado la producción de inseguridad en la sociedad global- querría añadir tres breves reflexiones finales.

Primera
No parece que ni los riesgos ni los conflictos puedan seguir siendo considerados como “efectos colaterales o secundarios” del proceso de modernización de la sociedad industrial, sino que, bien al contrario, constituyen un componente esencial de este proceso.

El capitalismo, como nos recuerda Giddens, no sería nada sin el riesgo. A dos niveles complementarios. El primero, resulta manifiesto: sin poder redistribuir los riesgos y los conflictos inherentes al proceso de acumulación de la riqueza en unas pocas manos, no resultaría concebible el actual sistema económico y político. El segundo, quizás sea más sutil: el capitalismo postindustrial no sólo crece gracias a su poder de generar irresponsablemente riesgo, sino que también lo hace debido a su capacidad para explotar los “beneficios del problema”: es decir, la industria y el comercio de la seguridad; y, complementariamente, la política del miedo.

Éste es, a mi entender, un hecho crucial que debe afrontarse. Porque no nos hallamos ante un proceso inevitable que tendría algunos efectos perniciosos que deberían corregirse. Lo que hay que cuestionar es la dirección misma de los procesos de globalización y de transformación económica que producen -a la vez que se explotan- una acumulación de riesgo y conflicto desconocida en toda la historia de la humanidad.

Ya no se trata sólo de una constelación de riesgos y conflictos (potenciales) sino de desastres y violencias (plenamente efectivos en sus consecuencias catastróficas) que amenazan la continuidad misma de la vida humana en la Tierra. La magnitud colosal de la catástrofe humana, en términos de sufrimiento global, no admite un tratamiento a base de aspirinas y tiritas: pide a gritos una toma de posición radical, que vaya a la raíz del riesgo y el conflicto, en lugar de encantarse en los efectos espectaculares del desastre y la violencia.

Parece claro que una comprensión apropiada de este hecho crítico tiene que derivar, necesariamente, en un cambio sustancial de la actitud ante el crecimiento económico, lo cual reportará una nueva manera de pensar los procesos sociales. Y, así, también una nueva forma de actuar en la sociedad.

Segunda

Cambiar nuestra forma de pensar resulta, pues, esencial. Me pregunto si dan más de sí las categorías propias del siglo XIX con las que, en gran medida, seguimos pensando los nuevos problemas humanos.

Se ha roto el pacto social que posibilitaba al Estado el papel regulador y, sobre todo, compensador de los desequilibrios provocados por el crecimiento económico. Ahora, la economía especulativa se ha podido librar del Estado y su capacidad destructiva en términos humanos y ecológicos no parece tener fin. Los nuevos riesgos y conflictos desbordan la reducida capacidad estatal, hasta tal punto que los percibimos como si tuvieran vida propia y una trayectoria fatalmente trazada a priori por algún poder inaccesible.
No parece razonable, pues, seguir apostando la salvación del desastre a una voluntarista recuperación del Estado sin haber entendido el fenómeno, de larga trayectoria y vasta profundidad, que explica el hecho que no tan sólo el Estado sino la propia política se hayan visto reducidos a simples comparsas en el concierto de la economía financiera globalizada. De manera que la función tradicional del Estado, ofrecer seguridad, en el nuevo escenario de la producción impune de riesgos y conflictos gigantescos, ya no puede obtener la imprescindible credibilidad.

Tercera

También tendremos que superar el falso debate entre prevención y respuesta. Por supuesto que debemos estar, razonablemente, en condiciones de responder a fin de minimizar los daños producidos por un desastre. Y que resulta sensato anticiparnos preventivamente, tanto como sea posible, al desencadenamiento de los sucesos catastróficos con la finalidad de, por lo menos, reducirlos. Está claro, sin embargo, que debería resultar mucho más productiva todavía una aplicación sistémica del principio de precaución. La cuestión, como siempre, es el cómo. En ningún caso, sin una visión realmente integral: que contemple las necesidades de las generaciones futuras, de la Humanidad entera, de la totalidad de los seres vivos.

Aunque lentamente, la desesperada situación del planeta está despertando a sus habitantes a la necesidad de una transformación a escala mundial. Debe confiarse en que una nueva forma de acción política pueda surgir de esta visión más amplia y profunda de la realidad (humana, ecológica, cosmológica); que responda a las necesidades del individuo tanto como a las de la colectividad; que permita reestablecer la interconexión armoniosa del hombre con el resto de la naturaleza y con el Todo, es decir que atienda las necesidades materiales y deje espacio para las espirituales; que, en definitiva, permita evitar la producción imprudente de aquellos riesgos y conflictos que se ven precipitados a materializarse, con una siniestra regularidad, en desastres y violencias crecientemente espantosas.

Está claro que ello requiere, como condición previa y necesaria, un valeroso gesto de humildad: por una parte, el reconocimiento honesto -por parte de expertos y de políticos- de que no conocemos la solución a estos colosales problemas de inseguridad; y, por el otro, consiguientemente, una promoción decidida e inteligente, a escala global tanto como local, de redes de interacción e interdependencia que nos faciliten el aprendizaje común de modalidades sostenibles de gobernanza de los riesgos y los conflictos.

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